
Agus: —Últimamente parece que todo es woke.
Tina: —¿Todo?
Agus: —Bueno… casi todo. Una opinión que no gusta: woke. Una medida política: woke. Una investigación que contradice lo que alguien pensaba: woke. Una forma de hablar que no conocíamos: woke. Incluso cosas que simplemente no entienden.
Tina: —¿Y qué significa exactamente woke en todos esos casos?
Agus se quedó pensando.
Agus: —Supongo que significa algo relacionado con determinadas ideas progresistas.
Tina: —Eso sería una definición posible. Pero si la misma palabra sirve para designar cosas tan diferentes, ¿sigue funcionando como una definición?
Agus: —Quizá no.
Tina: —Entonces tenemos un problema interesante. Una palabra que empezó designando algo concreto puede terminar utilizándose simplemente para decir «esto no me gusta» o «esto pertenece al otro bando».
Agus: —¿Y eso ha ocurrido realmente con «woke»?

Tina: —Su significado ha experimentado una transformación política documentada. Un estudio reciente sobre el término analiza precisamente cómo pasó de expresar una conciencia ante determinadas injusticias sociales a convertirse también en una etiqueta peyorativa utilizada contra posiciones identificadas con la izquierda.
Agus: —Entonces una palabra puede cambiar de significado porque cambia su uso político.
Tina: —Claro. Las palabras cambian. Lo interesante es qué ocurre cuando una palabra deja de ayudarnos a distinguir fenómenos y empieza a servir para agruparlos indiscriminadamente.
Agus: —¿Como una especie de cajón?
Tina: —Exactamente. Metes dentro todo aquello que consideras sospechoso y ya no necesitas examinar cada cosa por separado.
Agus: —Eso parece bastante cómodo.
Tina: —Lo es.
Agus: —¿Y peligroso?
Tina: —También.
Agus caminó unos pasos.
Agus: —Pero espera. ¿No puede ser simplemente que determinadas personas hayan detectado que muchas de esas cosas están relacionadas?
Tina: —Podría ser. Una etiqueta puede ser útil si realmente agrupa fenómenos que comparten características relevantes.

Agus: —Entonces el problema no es utilizar una etiqueta.
Tina: —No. El problema aparece cuando la etiqueta sustituye al análisis.
Agus: —¿Cómo sabríamos que eso está ocurriendo?
Tina: —Haz una prueba. Cuando alguien llama «woke» a algo, pregúntale qué característica concreta está describiendo.
Agus: —¿Y si responde con otra etiqueta?
Tina: —Entonces todavía no ha explicado nada.
Agus: —¿Y si dice que es «ideología»?
Tina: —Pregúntale qué afirmación concreta considera falsa, qué evidencia la contradice y qué evidencia le haría cambiar de opinión.
Agus sonrió.
Agus: —Eso ya es bastante más incómodo.
Tina: —Porque obliga a pasar de la etiqueta al argumento.
Agus: —Y del argumento a la evidencia.
Tina: —Exactamente.

Agus: —Pero aquí aparece otra cuestión —dijo Agus—. ¿Por qué alguien preferiría una etiqueta a un argumento?
Tina: —Porque las etiquetas ahorran trabajo mental.
Agus: —¿Y eso es malo?
Tina: —No necesariamente. Todos utilizamos categorías para orientarnos. El problema empieza cuando la categoría se vuelve impermeable a la información.
Agus: —¿Qué quieres decir?
Tina: —Imagina que alguien cree que determinada cuestión es consecuencia de una ideología. Le presentas una investigación que contradice su explicación.
Agus: —Puede equivocarse y reconocerlo.
Tina: —Sí.
Agus: —O puede decir que la investigación está ideologizada.
Tina: —Exactamente.
Agus: —Y entonces le presento otra.
Tina: —Puede decir que también.
Agus: —Y otra.
Tina: —Lo mismo.
Agus: —Entonces tenemos un problema.
Tina: —¿Cuál?

Agus: —Que la evidencia ya no puede cambiar la conclusión.
Tina asintió.
Tina: —Y eso es mucho más importante que la etiqueta política con la que empezó la discusión.
Agus: —¿Tiene nombre?
Tina: —En psicología y ciencias políticas se estudian fenómenos relacionados bajo conceptos como motivated reasoning: procesos en los que las personas pueden interpretar, aceptar o rechazar información influidas por sus creencias previas o por objetivos direccionales, como proteger una identidad o una posición. La investigación reciente sigue examinando hasta qué punto estos sesgos afectan al juicio político.
Agus: —Entonces no es simplemente que la gente sea ignorante.
Tina: —No. Y esa distinción es importante.
Agus: —¿Por qué?
Tina: —Porque una persona puede no conocer un hecho y aprenderlo cuando se lo explican. Eso es ignorancia y tiene solución: adquirir conocimiento.
Agus: —Mientras que…
Tina: —Mientras que otra persona puede conocer la evidencia y aun así encontrar siempre una razón para descartarla porque contradice aquello que ya cree.
Agus: —Eso parece bastante más difícil de corregir.
Tina: —Porque el problema ya no está solamente en la información disponible. Está en el criterio utilizado para decidir qué información merece ser aceptada.

Agus frunció el ceño.
Agus: —¿Y eso puede ocurrir precisamente en personas muy informadas?
Tina: —Sí. De hecho, la investigación sobre razonamiento político motivado ha estudiado precisamente cómo las actitudes previas pueden influir en la interpretación de nueva evidencia. Algunos estudios han encontrado que las personas con posiciones políticas fuertes pueden ser especialmente resistentes a información contradictoria.
Agus: —Eso es inquietante.
Tina: —Lo es porque significa que saber mucho no garantiza razonar bien.
Agus: —¿Cómo puede ser?
Tina: —Porque el conocimiento puede utilizarse de dos maneras muy diferentes.
Agus: —¿Cuáles?
Tina: —Para descubrir si estamos equivocados o para construir una defensa más sofisticada de aquello que ya queremos creer.
Agus soltó una pequeña carcajada.
Agus: —Así que una persona inteligente puede fabricar mejores excusas.
Tina: —Puede.

Agus: —Entonces la inteligencia no nos protege necesariamente del dogmatismo.
Tina: —No. Puede incluso proporcionar herramientas más eficaces para justificar una posición previa.
Agus: —Eso explicaría algunas discusiones políticas.
Tina: —Y también algunas discusiones que no tienen nada que ver con la política.
Agus volvió a ponerse serio.
Agus: —Pero si esto ocurre en todos los bandos, ¿por qué estamos hablando de quienes utilizan «woke» como etiqueta?
Tina: —Porque es un ejemplo particularmente visible de un mecanismo más general.
Agus: —No porque toda crítica a lo woke sea absurda.
Tina: —Exactamente.
Agus: —Entonces alguien puede criticar una política, una corriente o una práctica asociada al progresismo y tener perfectamente buenos argumentos.
Tina: —Por supuesto.
Agus: —Y seguir utilizando la palabra «woke» si explica algo concreto.
Tina: —Sí.
Agus: —Entonces lo que criticamos es otra cosa.
Tina: —La utilización de la etiqueta como sustituto de la argumentación.

Agus: —O como inmunización frente a ella.
Tina sonrió.
Tina: —Ahora lo has expresado mejor.
Agus: —¿Cómo funciona esa inmunización?
Tina: —De una forma bastante sencilla. Si cualquier evidencia que contradice tu posición puede ser clasificada como propaganda del enemigo, entonces ninguna evidencia podrá obligarte a revisar tu posición.
Agus: —Es como construir una habitación sin puertas.
Tina: —O una teoría que no permite ningún resultado capaz de refutarla.
Agus: —Pero entonces ya no estamos comprobando si la teoría es correcta.
Tina: —Estamos protegiéndola.
Agus: —Eso me recuerda algo —dijo Agus—. A veces quienes acusan a otros de estar ideologizados parecen no preguntarse si ellos mismos podrían estar haciendo exactamente lo mismo.
Tina: —Esa es una de las ironías más interesantes.
Agus: —¿Por qué?
Tina: —Porque «ideología» puede utilizarse como diagnóstico del adversario sin aplicarse nunca a uno mismo.
Agus: —Yo estoy defendiendo la realidad; tú estás ideologizado.
Tina: —Exactamente.
Agus: —Yo utilizo el sentido común; tú estás adoctrinado.
Tina: —Otra vez.
Agus: —Yo miro los hechos; tú tienes una agenda.
Tina: —Y si tú haces exactamente lo mismo…
Agus: —Entonces seguramente tienes una explicación para justificarlo.
Tina asintió.

Tina: —Por eso una buena prueba no consiste en preguntar quién utiliza la palabra «ideología», sino si ambos lados están dispuestos a someter sus propias afirmaciones al mismo criterio.
Agus: —La misma exigencia de evidencia.
Tina: —La misma disposición a corregirse.
Agus: —El mismo derecho a cambiar de opinión si aparecen mejores razones.
Tina: —Eso es.
Agus se quedó mirando el suelo.
Agus: —Entonces quizá el verdadero problema no sea woke.
Tina: —¿No?
Agus: —Quizá sea convertir una palabra en una explicación universal.
Tina: —Ahora sí estamos llegando al fondo.
Agus: —Porque si «woke» significa todo lo que no me gusta, ya no significa prácticamente nada.
Tina: —Y cuando una palabra sirve para explicar cualquier cosa, puede terminar sin explicar ninguna.
Agus: —¿Y eso tiene consecuencias políticas?
Tina: —Muchas. En una democracia no basta con que existan opiniones diferentes. Necesitamos poder discutir sobre afirmaciones que puedan ser examinadas por otros.
Agus: —Porque si cada grupo decide previamente qué evidencia es válida…

Tina: —La conversación pública deja de ser una búsqueda compartida de lo que es cierto y se convierte en una competición entre sistemas cerrados.
Agus: —Cada uno con sus propios hechos.
Tina: —Y sus propias palabras para descalificar los hechos del otro.
Agus levantó la cabeza.
Agus: —Eso sí que parece peligroso.
Tina: —Lo es.
Agus: —Pero entonces tampoco podemos exigir que todo el mundo cambie de opinión cada vez que aparece un estudio nuevo.
Tina: —Por supuesto que no.
Agus: —Porque una investigación también puede ser mala.
Tina: —Puede.
Agus: —Y una institución puede equivocarse.
Tina: —También.
Agus: —Y una mayoría puede estar equivocada.
Tina: —Naturalmente.
Agus: —Entonces estar dispuesto a cambiar de opinión no significa creer cualquier cosa.
Tina: —Significa algo mucho más exigente: estar dispuesto a cambiar de opinión si aparece una razón suficientemente buena para hacerlo.

Agus sonrió.
Agus: —Eso parece fácil.
Tina: —No lo es.
Agus: —¿Por qué?
Tina: —Porque nuestras creencias no son únicamente conjuntos de datos. Algunas están vinculadas a nuestra identidad, a nuestro grupo y a la imagen que tenemos de nosotros mismos.
Agus: —Si cambio de opinión, quizá siento que estoy traicionando a los míos.
Tina: —Exactamente. La investigación sobre cognición protectora de la identidad estudia precisamente cómo las personas pueden resistirse a información que amenaza sus compromisos políticos o grupales.
Agus: —Entonces aceptar que me he equivocado puede costarme más que reconocer un simple error.
Tina: —Puede costarte cambiar una parte de la historia que te cuentas sobre quién eres.
Agus guardó silencio.
Agus: —Ahora entiendo algo.
Tina: —¿Qué?
Agus: —Que quizá la discusión política muchas veces no es realmente una discusión sobre hechos.
Tina: —¿Qué sería entonces?
Agus: —Una lucha por proteger identidades.
Tina: —A veces.
Agus: —Y en ese caso, una etiqueta como «woke» puede ser muy útil.
Tina: —¿Útil para qué?
Agus: —Para saber inmediatamente quién pertenece al otro grupo.

Tina lo miró.
Tina: —Y ahí aparece el verdadero peligro.
Agus: —¿Cuál?
Tina: —Que una palabra que empezó ayudando a describir una posición termine ayudando a decidir quién merece ser escuchado.
Agus volvió a caminar.
Agus: —Entonces podríamos empezar preguntando qué significa «woke».
Tina: —Sí.
Agus: —Y terminar preguntando algo mucho más importante.
Tina: —¿Qué?
Agus: —¿Estoy utilizando esta palabra para describir una realidad o para evitar tener que examinarla?
Tina sonrió.
Tina: —Esa es una pregunta bastante más difícil.
Agus: —Y bastante más útil.
Siguieron caminando.
Agus: —Tina.
Tina: —¿Sí?
Agus: —¿Cómo sabemos si estamos pensando o simplemente defendiendo lo que ya pensábamos?
Tina tardó unos segundos en contestar.
Tina: —Quizá haya una prueba sencilla.
Agus: —¿Cuál?
Tina: —Pregúntate qué evidencia podría hacerte cambiar de opinión.
Agus esperó.
Agus: —¿Y si no encuentro ninguna?
Tina: —Entonces quizá no tengas una conclusión que estés dispuesto a someter a prueba.
Agus: —Sino una convicción que estás intentando proteger.
Tina: —Exactamente.
Agus sonrió.
Agus: —Entonces quizá el verdadero enemigo no sea lo woke.
Tina: —Ni lo anti-woke.
Agus: —Sino nuestra propia capacidad para convertir cualquier palabra en una excusa para dejar de pensar.
Tina no respondió. No hacía falta. Porque, de pronto, la pregunta ya no era quién tenía razón. Era si todavía quedaba alguien dispuesto a descubrirlo.
A. Barahona