
—Agus: Después de todo lo que hemos hablado, creo que ya sé cuál es el mayor peligro de Nietzsche.
—Tina: ¿Cuál?
—Agus: Que alguien se crea un Übermensch. Un «Superhombre».
Tina negó con la cabeza.
—Tina: Ése es un peligro.
—Agus: ¿Hay otro mayor?
—Tina: Mucho mayor.
—Agus: Te escucho.
—Tina: Creer que nunca podrías engañarte a ti mismo.
Agus permaneció unos segundos en silencio.
—Agus: Explícate.
—Tina: Nietzsche invita a cuestionar los valores heredados.
—Agus: Sí.
—Tina: Pero destruir unos valores no garantiza que los nuevos sean mejores.
—Agus: Entonces puedo cambiar una prisión por otra.
—Tina: Exactamente.
—Agus: Pero ¿cómo voy a examinarlos si ya no existe una verdad objetiva que me sirva de referencia?
—Tina: Ésa es precisamente la dificultad.
—Agus: O sea, Nietzsche me quita el suelo… pero no me da otro.
—Tina: Te obliga a construirlo.
—Agus: Eso suena bastante arriesgado.
—Tina: Lo es.
—Agus: Más de lo que imaginaba.
Tina asintió.
—Tina: Por eso creo que muchos lectores subestiman la responsabilidad que implica leerlo.

—Agus: Espera.
—Tina: Dime.
—Agus: Entonces el nihilismo no sería el objetivo.
—Tina: Todo lo contrario.
—Agus: Sería el fracaso.
—Tina: Exactamente.
—Agus: Eso cambia muchas lecturas de Nietzsche.
—Tina: Bastantes.
—Agus: Pero sigo viendo un problema.
—Tina: ¿Cuál?
—Agus: Si no existe un criterio objetivo para comprobar mis nuevos valores, ¿cómo evito engañarme?
Tina tardó unos segundos en responder.
—Tina: No puedes evitar por completo ese riesgo.
—Agus: Mala noticia.
—Tina: Pero sí puedes reducirlo.
—Agus: ¿Cómo?
—Tina: Haciendo lo que casi nadie hace: intentar refutar tu propia interpretación antes de darla por buena.
—Agus: O sea, someterla al mismo examen que aplicaría quien pensara lo contrario.
—Tina: Exactamente.

—Agus: Ahora entiendo por qué hablabas de autofalsación.
—Tina: Ésa era la idea.
—Agus: Pero todavía no me basta.
—Tina: ¿Qué echas de menos?
—Agus: Un criterio práctico.
—Tina: Te propongo uno.
—Agus: Adelante.
—Tina: Si tu interpretación de Nietzsche te vuelve más lúcido, más responsable y más creador, merece seguir siendo examinada.
—Agus: ¿Y si produce lo contrario?
—Tina: Si te vuelve incapaz de amar, alimenta tu resentimiento, justifica tu vanidad o destruye tu salud en nombre de una falsa fortaleza, ha dejado de ser una liberación para convertirse en otra cárcel.
Agus permaneció callado.
—Agus: Curioso.
—Tina: ¿Qué?
—Agus: Muchas personas llamarían «fortaleza» precisamente a algunas de esas cosas.
—Tina: Y ésa es la razón por la que Nietzsche puede resultar peligroso cuando se lee deprisa.

—Agus: Entonces el verdadero riesgo no es Nietzsche.
—Tina: No.
—Agus: Es el lector que deja de poner a prueba sus propias conclusiones.
Tina asintió.
—Tina: Exactamente.
—Agus: Y, al final, eso tampoco vale sólo para Nietzsche.
—Tina: No. Vale para cualquier idea que llegue a formar parte de nuestra vida.
—Agus: Entonces hemos llegado a una conclusión inesperada.
—Tina: ¿Cuál?
—Agus: Que Nietzsche no es un filósofo peligroso porque enseñe ideas peligrosas.
—Tina: No necesariamente.
—Agus: Lo es porque exige un lector poco común.
—Tina: Ésa es una formulación mucho más precisa.
—Agus: Un lector capaz de destruir sus propias certezas…
—Tina: …y de examinar con el mismo rigor las nuevas.
Agus apoyó el libro sobre la mesa.
—Agus: Eso explica otra cosa.
—Tina: ¿Qué has visto?
—Agus: Que muchas personas destruyen sus antiguos valores con entusiasmo…
—Tina: …
—Agus: …pero aceptan los nuevos con la misma obediencia con que aceptaban los anteriores.
Tina sonrió.
—Tina: Cambian de amo creyendo que se han vuelto libres.

—Agus: Entonces voy a responder a la pregunta con la que empezamos.
—Tina: Adelante.
—Agus: ¿Puede ser peligrosa la filosofía de Nietzsche?
—Tina: ¿Qué responderías ahora?
—Agus: Sí.
Tina no dijo nada.
—Agus: Pero no porque conduzca inevitablemente al nihilismo, al elitismo o a la crueldad.
—Tina: Sigue.
—Agus: Sino porque obliga a caminar sin las certezas que antes nos protegían. Y no todo el mundo está preparado para soportar esa incertidumbre sin refugiarse en un nuevo dogma.
Tina asintió lentamente.
—Tina: Ésa es, probablemente, la mejor objeción que le hemos hecho hoy a Nietzsche.
Hubo un largo silencio.
—Agus: Curiosamente…
—Tina: ¿Qué?
—Agus: Después de cuatro conversaciones sobre Nietzsche, ya no tengo ganas de parecerme a él.
Tina sonrió.
—Agus: Tengo ganas de entenderlo.
—Tina: Ésa es una ambición mucho más difícil.
Agus tomó el libro por última vez. No lo cerró con la sensación de haber encontrado respuestas definitivas. Lo cerró con una convicción mucho más modesta. Que la filosofía no existe para decirnos qué debemos pensar. Existe para impedir que dejemos de hacerlo.
A. Barahona
