(Serie: «Para adolescentes»)
Prefacio
Las guerras han cambiado profundamente. Durante siglos conquistar un país significaba cruzar una frontera con un ejército. Sin embargo, algunos estrategas sostienen que una nación también puede perder su capacidad de decidir libremente sin sufrir una invasión militar convencional. Este artículo explora esa posibilidad analizando qué pilares sostienen realmente la soberanía de un Estado y qué ocurriría si alguien intentara debilitarlos deliberadamente.
Agus y Tina caminaban por el parque. El calor del final del verano empezaba a ceder y el sendero estaba casi vacío.
Agus: Siempre que imagino una conquista pienso en tanques, aviones y soldados. No se me ocurre otra manera.
Tina: Porque durante siglos esa fue la forma habitual.
Agus: Entonces ¿de verdad crees que hoy podría conquistarse un país sin disparar una sola bala?
Tina: Antes de responderte, dime una cosa. Si quisieras apoderarte de una casa, ¿preferirías derribar la puerta o conseguir que quienes viven dentro acabaran entregándote las llaves?
Agus: Evidentemente, lo segundo.
Tina: ¿Por qué?
Agus: Porque sería mucho más barato, mucho más discreto y encontraría mucha menos resistencia.
Tina: Entonces ya has respondido tú mismo.
Agus permaneció unos segundos pensativo.
Agus: Pero una casa no es un país.
Tina: No. Un país es bastante más complejo.
Agus: Entonces la comparación deja de servir.
Tina: Sólo si pensamos que un país se sostiene únicamente por sus fronteras.
Agus: ¿No es así?
Tina: No. Un país se mantiene en pie gracias a varios pilares. Si esos pilares se debilitan simultáneamente, el resultado puede parecerse mucho a una conquista aunque jamás aparezca un ejército.
Agus: ¿Cuáles serían esos pilares?
Tina: La economía. La demografía. Y la tecnología.
Agus: Me sorprende que no hayas mencionado el ejército.
Tina: Porque un ejército protege un país que todavía funciona. Si el propio país deja de sostenerse por dentro, el ejército también termina debilitándose.
Agus frunció el ceño.
Agus: ¿Insinúas que alguien podría diseñar un plan para atacar precisamente esos tres pilares?
Tina: Si buscaras la manera más eficaz de someter a una nación evitando una guerra abierta, ¿no empezarías por aquello que la mantiene en pie?
Agus asintió lentamente.
Agus: Supongo que sí.
Tina: Entonces analicemos si ese razonamiento se sostiene.

Continuaron caminando.
Agus: Empecemos por la economía. Me cuesta verla como un arma de conquista.
Tina: ¿Una persona económicamente dependiente es tan libre como otra que puede decidir por sí misma?
Agus: No.
Tina: ¿Por qué?
Agus: Porque quien depende de otro acaba teniendo menos margen para elegir.
Tina: ¿Y por qué con un país tendría que ser diferente?
Agus sonrió.
Agus: De acuerdo. Una nación arruinada también dependerá de otros.
Tina: Exactamente.
Agus: Pero los países pueden empobrecerse por muchas razones. Crisis económicas, guerras, malas cosechas…
Tina: Claro.
Agus: Entonces no veo dónde está la estrategia.
Tina: Imagina otra situación. Un gobierno dispone de recursos limitados. Dentro del país aumentan las necesidades. Sin embargo, decide destinar enormes cantidades de dinero fuera de sus propias fronteras. ¿No te parecería razonable preguntar por qué?
Agus: Dependería del motivo.
Tina: Precisamente. La primera obligación de un ciudadano no consiste en aceptar automáticamente una explicación. Consiste en examinar si esa explicación resulta coherente con el resto de las decisiones adoptadas.
Agus: ¿Y si ese dinero además atravesara una compleja red de organismos y estructuras intermedias?
Tina: Entonces surgiría otra pregunta.
Agus: ¿Cuál?
Tina: ¿Puede seguirse el recorrido completo de ese dinero hasta su destino final?
Agus tardó un instante en responder.
Agus: Porque una cosa es aprobar un gasto…
Tina: …y otra muy distinta poder comprobar qué parte llega realmente a quien debía recibirlo.
Agus: Si esa trazabilidad desaparece…
Tina: …también desaparece una parte esencial del control democrático.
Agus: Pero incluso suponiendo que todo eso ocurriera, un país todavía podría recuperarse.
Tina: Siempre que conserve independencia financiera.
Agus: ¿Qué ocurre si no la conserva?
Tina: Que tendrá que endeudarse.
Agus: Eso les ocurre a muchos países.
Tina: Sí. La cuestión no es pedir dinero prestado. La cuestión es preguntarse de quién empieza a depender quien necesita pedirlo continuamente.
Agus volvió a guardar silencio.
Agus: Entonces el objetivo no sería simplemente empobrecer un país.
Tina: No.
Agus: Sería convertirlo en dependiente.
Tina: Exactamente.
Agus: Admitamos que una economía dependiente reduce la libertad de un país. Pero antes dijiste que ese era solo uno de los tres pilares.
Tina: Así es.
Agus: El segundo era la demografía.
Tina: Exactamente.
Agus: Y ahí es donde empiezo a tener más dudas. ¿Qué tiene que ver la población con una conquista?
Tina: Déjame preguntarte otra cosa. ¿Para qué sirve una puerta?
Agus: Para entrar y salir.
Tina: ¿Solo para eso?
Agus: Bueno… también para decidir quién entra.
Tina: Ahí quería llegar.
Agus: ¿Estás diciendo que una frontera es, en realidad, una puerta?
Tina: Exactamente.
Agus: Entonces, quien defiende una frontera no está defendiendo necesariamente un muro.
Tina: Está defendiendo la capacidad del Estado para decidir quién entra, en qué condiciones y conforme a qué leyes.
Agus: Pero controlar una frontera suele interpretarse como rechazo hacia quienes vienen de fuera.
Tina: ¿Controlar la puerta de tu casa significa rechazar a todo el mundo?
Agus sonrió.
Agus: No. Significa que soy yo quien decide cuándo abrirla.
Tina: Entonces el problema no está en abrirla o cerrarla.
Agus: Sino en dejar de decidir.
Tina: Exactamente.
Caminaron unos metros en silencio.
Agus: Antes has hablado incluso de infiltración. ¿No es exagerado?
Tina: Depende de cómo plantees la pregunta.
Agus: A ver.
Tina: Si una potencia quisiera introducir personas con una misión estratégica, ¿preferiría hacerlo cuando estallara un conflicto o muchos años antes?
Agus reflexionó unos segundos.
Agus: Muchos años antes.
Tina: ¿Por qué?
Agus: Porque pasarían inadvertidas.
Tina: Entonces comprenderás por qué el control efectivo de una frontera forma parte de cualquier estrategia de seguridad nacional.
Agus: Pero eso no significa que todo el que entra tenga malas intenciones.
Tina: Naturalmente que no.
Agus: Entonces ¿por qué relacionarlo con la seguridad?
Tina: Porque la función de un Estado consiste precisamente en distinguir los casos individuales. Si renuncia a esa capacidad, deja de ejercer una de sus funciones esenciales.
Agus asintió lentamente.
Agus: Entiendo. El problema no sería la existencia de inmigración, sino la pérdida de control sobre ella.
Tina: Esa es la cuestión.

Continuaron caminando.
Agus: Hay otra idea que me ha llamado la atención.
Tina: ¿Cuál?
Agus: Has dicho que una sociedad debería favorecer su propia natalidad. ¿Por qué no bastaría con compensar la falta de nacimientos mediante inmigración?
Tina: Déjame responderte con otra pregunta.
Si un depósito pierde agua continuamente, ¿la solución consiste únicamente en seguir llenándolo?
Agus: No. Lo primero sería reparar la fuga.
Tina: Exactamente.
Agus: Entonces, si nacen cada vez menos niños…
Tina: …la primera pregunta debería ser por qué ocurre eso.
Agus: Porque, si no se resuelve esa causa…
Tina: …el problema reaparecerá una y otra vez.
Agus: Sin embargo, alguien podría pensar que incorporar nueva población es suficiente.
Tina: Puede aliviar necesidades inmediatas. Pero no responde necesariamente a la pregunta de por qué la sociedad ha dejado de reproducirse por sí misma.
Agus: Comprendo.
Se quedaron pensativos unos instantes.
Agus: Hay otra consecuencia que me parece curiosa. Imagina que un gobernante creyera que una nueva población acabaría apoyándole políticamente durante mucho tiempo. ¿No podría salirle bien?
Tina negó con una sonrisa.
Tina: Solo si supusiera que las personas votarán siempre igual.
Agus: Y eso nunca puede garantizarse.
Tina: Exactamente.
Agus: Porque una comunidad que con el tiempo adquiere suficiente peso demográfico terminará defendiendo sus propios intereses.
Tina: Como cualquier otra.
Agus: Entonces un cálculo político a corto plazo podría producir exactamente el resultado contrario varias décadas después.
Tina: La Historia está llena de decisiones cuyos efectos terminaron siendo muy distintos de los que imaginaron quienes las tomaron.
Agus respiró hondo.
Agus: Empiezo a entender por qué hablabas de tres pilares y no de tres problemas independientes.
Tina: Todavía nos falta uno.
Agus: La tecnología.
Agus: Ese sí que me cuesta verlo como un instrumento de conquista. Al fin y al cabo, la tecnología sirve para facilitar la vida.
Tina: Precisamente por eso.
Agus: No te sigo.
Tina: Dime qué dejaría de funcionar mañana si desaparecieran todos los sistemas informáticos del país.
Agus: Los bancos. Los hospitales. Las comunicaciones. El suministro eléctrico. El transporte. La administración. Prácticamente todo.
Tina: Entonces ¿qué has descubierto?
Agus: Que una sociedad moderna depende completamente de ellos.
Tina: Exactamente.
Agus: Pero eso ocurre en cualquier país.
Tina: Sí. La cuestión es otra. ¿Quién controla esos sistemas?
Agus tardó unos segundos en responder.
Agus: Supongo que quien los gestiona.
Tina: ¿Y si una parte esencial dependiera de empresas o gobiernos cuyos intereses pudieran llegar a ser incompatibles con los del propio país?
Agus: Si todo funciona bien, quizá no importe demasiado.
Tina: ¿También pensarías eso si les entregaras las llaves de tu casa?
Agus sonrió.
Agus: No. Comprar una cerradura no significa regalar una copia de todas las llaves.
Tina: Exactamente.
Agus: Entonces la cuestión no es utilizar tecnología extranjera.
Tina: Sino conservar el control efectivo sobre aquello que resulta esencial para el funcionamiento del Estado.
Agus: Porque una dependencia tecnológica también puede convertirse en una dependencia política.
Tina: O estratégica.
Continuaron caminando.
Agus: Antes has hablado incluso de un «secuestro digital». Suena bastante dramático.
Tina: Imagina que alguien pudiera interrumpir simultáneamente el suministro eléctrico, las comunicaciones, el sistema bancario y la gestión administrativa.
Agus: El país quedaría paralizado.
Tina: ¿Habría sido necesaria una invasión militar?
Agus negó lentamente.
Agus: No.
Tina: ¿Habría dejado de existir el problema por no haber disparado un solo tiro?
Agus: Tampoco.
Tina: Entonces quizá convenga ampliar nuestra idea de lo que significa conquistar un país.

Caminaron unos minutos en silencio.
Agus: Si todo lo que hemos hablado fuera cierto, ¿cómo podría protegerse una nación?
Tina: Curiosamente, recorriendo el camino contrario.
Agus: Explícate.
Tina: Si la dependencia económica debilita la libertad, conviene fortalecer la autonomía. Si perder el control de las fronteras debilita la soberanía, conviene conservar ese control. Si entregar el sistema nervioso tecnológico aumenta la vulnerabilidad, conviene preservar su independencia.
Agus: Parece bastante simple cuando lo resumes así.
Tina: Las buenas estrategias suelen parecer sencillas una vez comprendidas.
Agus: Entonces la primera responsabilidad sería administrar cuidadosamente los recursos públicos.
Tina: Y preguntarse siempre si las prioridades responden realmente al interés general.
Agus: La segunda consistiría en favorecer que la propia sociedad pueda renovarse por sí misma y mantener el control efectivo de sus fronteras.
Tina: Exactamente.
Agus: Y la tercera sería proteger las infraestructuras críticas y los datos estratégicos.
Tina: Sin olvidar que la tecnología puede comprarse, pero la soberanía no debería externalizarse.
Agus sonrió.
Agus: Al principio pensaba que íbamos a hablar de guerras.
Tina: ¿Y de qué hemos hablado al final?
Agus miró durante unos segundos la ciudad que se veía al otro lado del parque.
Agus: De algo mucho más cotidiano. De cómo una nación puede fortalecerse… o debilitarse… mucho antes de que aparezca el primer soldado.
Tina asintió.
Tina: Tal vez esa sea la mayor enseñanza. Las grandes transformaciones rara vez empiezan el día en que todo el mundo las ve. Normalmente comienzan mucho antes, cuando casi nadie presta atención a los pilares que sostienen la casa.
Los dos continuaron su paseo mientras el sol desaparecía lentamente entre los árboles. Ninguno parecía haber pronunciado la última palabra. Pero ambos tenían ahora una pregunta mucho más interesante que al principio del camino:
¿Qué hace realmente libre a una nación?

A. Barahona