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¿Las reglas limitan nuestra libertad… o la hacen posible?

Agus: Hay algo que nunca aceptaré.

Tina: ¿El qué?

Agus: Que alguien me diga cómo debo discutir. Si quiero decir lo que pienso, nadie debería ponerme reglas.

Tina: ¿Crees que tienes derecho a decir lo que piensas?

Agus: Claro.

Tina: Yo también lo creo.

Agus: ¿Entonces para qué sirven tantas reglas sobre cómo discutir?

Tina: Déjame hacerte una pregunta. Cuando juegas al fútbol, ¿hay reglas?

Agus: Claro que sí.

Tina: ¿Y por eso eres menos libre?

Agus: Bueno… no exactamente.

Tina: ¿Qué ocurriría si cada jugador decidiera coger el balón con las manos cuando quisiera, mover la portería, cambiar el tamaño del campo o inventarse las normas sobre la marcha?

Agus: Pues que dejaría de ser un partido. Sería un caos.

Tina: Exactamente. Las reglas no existen para impedir que juegues. Existen para que el juego sea posible.

Agus: Pero discutir no es jugar.

Tina: No, pero se parece más de lo que creemos. Cuando discutimos también intentamos conseguir algo.

Agus: Convencer al otro.

Tina: A veces sí. Pero dime una cosa. Si al final de una discusión la otra persona deja de contestarte porque está cansada, aburrida o enfadada, ¿la has convencido realmente?

Agus: Bueno… quizá no.

Tina: Entonces, ¿qué has ganado?

Agus: La discusión.

Tina: ¿Seguro? Imagina que el problema sigue exactamente igual, que la otra persona continúa pensando lo mismo y que, además, ahora vuestra relación está peor que antes. ¿Eso es una victoria?

Agus: Visto así…

Tina: Has ganado una competición imaginaria, pero has perdido una oportunidad real de entenderte con otra persona.

Agus: Entonces, ¿discutir no consiste en ganar?

Tina: Un filósofo llamado Frans van Eemeren propuso una idea muy distinta. Decía que una discusión no es un combate, sino un intento de resolver una diferencia de opinión. Para explicarlo imaginaba una especie de árbitro ideal. No decide quién habla más alto ni quién hace el comentario más ingenioso. Sólo observa si ambos respetan las reglas que permiten buscar una solución razonable.

Agus: ¿Como un árbitro de fútbol?

Tina: Muy parecido, aunque en lugar de vigilar faltas físicas vigila faltas contra la razón.

Agus: ¿Y cuáles son esas reglas?

Tina: Son sorprendentemente sencillas. La primera dice que no debes impedir que la otra persona exponga sus ideas o cuestione las tuyas. Si una de las dos partes no puede hablar libremente, el diálogo ha terminado antes de empezar.

La segunda dice que los argumentos deben tener relación con el tema. Si estamos hablando del cambio climático y tú respondes: «Pues tú hiciste algo parecido hace tres años», no estás respondiendo al argumento. Sólo estás intentando distraer la conversación.

La tercera dice que quien afirma algo debe estar dispuesto a explicarlo y aportar razones. Decir «porque lo digo yo» no demuestra nada.

La cuarta exige que nuestros razonamientos tengan sentido. No basta con juntar frases bonitas; unas ideas deben conducir lógicamente a las siguientes.

Y la quinta pide algo que a veces olvidamos: hablar con claridad. Confundir al otro utilizando palabras ambiguas puede parecer una victoria, pero en realidad es una forma de hacer trampas.

Agus: La verdad es que parecen reglas de sentido común.

Tina: Precisamente por eso funcionan. Las mejores reglas suelen parecer evidentes cuando alguien las explica.

Agus: Entonces, si dos personas dialogan con respeto, siguen todas esas reglas y llegan a un acuerdo… ¿ya significa que tienen razón?

Tina: No.

Agus: ¿No?

Tina: No necesariamente. Las reglas hacen posible un buen diálogo, pero no garantizan que la conclusión sea verdadera.

Agus: No lo entiendo.

Tina: Imagina que tú y yo estamos completamente convencidos de que mañana no hay examen. Lo hablamos tranquilamente. Nos escuchamos. Nos respetamos. Ninguno interrumpe al otro. Presentamos nuestros argumentos con educación. Al final los dos estamos completamente de acuerdo.

Agus: Parece una discusión perfecta.

Tina: Sí. Pero al día siguiente llegamos al instituto… y resulta que sí había examen.

Agus: Entonces los dos estábamos equivocados.

Tina: Exactamente. El acuerdo sólo demuestra que dos personas piensan lo mismo. No demuestra que el mundo sea como ellas creen.

Agus: Entonces el acuerdo tampoco garantiza la verdad.

Tina: Exacto. Dos personas pueden equivocarse juntas, igual que una multitud entera puede equivocarse junta.

Agus: ¿Ha ocurrido alguna vez?

Tina: Muchas. Durante siglos casi todo el mundo creyó que el Sol giraba alrededor de la Tierra. Millones de personas estaban de acuerdo… y, sin embargo, estaban equivocadas.

Agus: Entonces la verdad no depende de cuántas personas la crean.

Tina: Exactamente. La verdad no se vota. Se investiga.

Agus: Entonces… ¿cómo evitamos equivocarnos los dos al mismo tiempo?

Tina: Haciendo algo que a casi nadie le gusta.

Agus: ¿El qué?

Tina: Buscar a alguien que intente desmontar nuestras ideas.

Agus: ¿Un enemigo?

Tina: No. Un buen crítico.

Agus: ¿Y qué diferencia hay?

Tina: Toda. Un enemigo quiere derrotarte. Un buen crítico quiere ayudarte a descubrir dónde puede estar el error.

Agus: Nunca lo había visto así.

Tina: Porque solemos pensar que quien critica una idea nos está atacando a nosotros. Pero una idea y una persona no son lo mismo.

Agus: ¿No?

Tina: Claro que no. Si tú dices que dos más dos son cinco y yo te demuestro que son cuatro, no te estoy atacando a ti. Sólo estoy corrigiendo una idea equivocada.

Agus: Entonces el verdadero adversario no soy yo.

Tina: Exactamente. El verdadero adversario es el error.

Agus: Eso cambia mucho las cosas.

Tina: Muchísimo. Cuando entiendes eso, dejas de discutir para defender tu orgullo y empiezas a discutir para aprender.

Agus: O sea, que una buena crítica es un regalo.

Tina: A veces es un regalo que molesta un poco… pero sigue siendo un regalo.

Agus: ¿Por qué?

Tina: Porque cuanto antes descubras un error, antes podrás corregirlo. Lo peligroso no es equivocarse. Lo peligroso es pasarse veinte años defendiendo un error sólo porque nadie se atrevió a señalarlo.

Agus: Ahora entiendo por qué los científicos revisan constantemente el trabajo de otros científicos.

Tina: Y también el suyo propio. En ciencia no gana quien consigue aplausos. Gana la explicación que sigue funcionando incluso después de haber sido criticada una y otra vez.

Agus: Entonces una idea fuerte no es la que nunca recibe críticas.

Tina: Exacto. Es la que sobrevive a las mejores críticas que somos capaces de hacerle.

Agus: Empiezo a pensar que discutir es mucho más difícil de lo que imaginaba.

Tina: Y mucho más interesante.

Agus: Hasta ahora yo creía que una discusión era como un combate de boxeo.

Tina: Mucha gente lo cree.

Agus: Uno gana y el otro pierde.

Tina: Pero imagina otra posibilidad.

Agus: ¿Cuál?

Tina: Que los dos terminéis sabiendo más de lo que sabíais al empezar.

Agus: Entonces… los dos ganan.

Tina: Exactamente.

Agus: ¿Y eso ocurre de verdad?

Tina: Constantemente. Piensa en dos amigos intentando averiguar por qué una planta se está marchitando. Uno cree que le falta agua. El otro piensa que recibe demasiado sol. Empiezan defendiendo ideas distintas, pero, mientras hablan, descubren que el verdadero problema era que las raíces estaban enfermas. Ninguno tenía razón al principio, pero los dos terminan comprendiendo mejor lo que ocurre.

Agus: O sea, que la verdad estaba esperando a que colaboraran.

Tina: Ésa es una forma muy bonita de decirlo.

Agus: Entonces discutir no consiste en demostrar que el otro está equivocado.

Tina: Consiste en averiguar si alguno de los dos lo está… o si los dos lo están un poco.

Agus: Eso requiere bastante humildad.

Tina: Muchísima. Por eso las mejores discusiones no son las que tienen más gritos, sino las que tienen más preguntas.

Agus: ¿Y por qué cuesta tanto hacer preguntas?

Tina: Porque una pregunta sincera reconoce algo que nuestro orgullo no siempre acepta: que todavía no lo sabemos todo.

Agus: Supongo que todos preferimos parecer inteligentes.

Tina: El problema es que, cuando sólo intentamos parecer inteligentes, dejamos de aprender. En cambio, cuando aceptamos que podemos equivocarnos, empezamos a descubrir cosas nuevas.

Agus: Entonces, ¿la humildad es una de las reglas más importantes para pensar bien?

Tina: Curiosamente, ni siquiera hace falta que aparezca escrita. Está escondida dentro de todas las demás. Si de verdad escuchas al otro, es porque aceptas que podría tener razón en algo que tú no habías visto.

Agus: Eso cuesta.

Tina: Mucho. Nuestro cerebro tiene una costumbre curiosa.

Agus: ¿Cuál?

Tina: Le encanta encontrar pruebas de que ya tenía razón.

Agus: ¡Eso me pasa constantemente!

Tina: Y a mí. Y a tus profesores. Y a los científicos. Y a los jueces. Nos ocurre a todos. Por eso necesitamos métodos que nos obliguen a comprobar si estamos equivocados.

Agus: O sea, que no basta con confiar en nuestra intuición.

Tina: Exactamente. La intuición es un buen punto de partida, pero un mal punto de llegada.

Agus: Nunca lo había pensado.

Tina: Imagina que eres detective. Encuentras una pista y enseguida piensas que ya sabes quién es el culpable.

Agus: Sería una buena intuición.

Tina: Tal vez. Pero un buen detective no deja de investigar en ese momento. Al contrario: intenta comprobar si esa primera idea resiste todas las pruebas.

Agus: Porque podría estar equivocado.

Tina: Exacto.

Agus: Entonces razonar bien consiste, en parte, en intentar demostrar que nuestras propias ideas podrían ser falsas.

Tina: Ésa es una de las mejores costumbres que puede adquirir una persona.

Agus: Empiezo a entender por qué las reglas son importantes. Pero todavía hay algo que me preocupa.

Tina: ¿Qué es?

Agus: ¿Y si alguien utiliza todas esas reglas sólo para manipular mejor a los demás?

Tina: Buena pregunta.

Agus: Porque hay personas muy educadas que parecen razonables… y luego descubres que sólo querían convencerte de algo falso.

Tina: Tienes razón. Las reglas, por sí solas, tampoco nos protegen de eso.

Agus: ¿Entonces?

Tina: Por eso necesitamos dos cosas al mismo tiempo. Las reglas nos ayudan a dialogar correctamente, pero también necesitamos preocuparnos por la verdad.

Agus: O sea, que hay una diferencia entre convencer y tener razón.

Tina: Exactamente.

Agus: ¿Y cómo distinguimos una cosa de la otra?

Tina: Haciéndonos siempre algunas preguntas. ¿Las pruebas apoyan realmente esta idea? ¿Podría existir una explicación mejor? ¿Hay hechos que la contradigan? ¿Estoy ignorando algo sólo porque no me gusta?

Agus: Son preguntas incómodas.

Tina: Las mejores preguntas suelen serlo.

Agus: Entonces pensar bien consiste en hacerse preguntas incómodas.

Tina: Y en no enfadarse cuando otra persona las hace por nosotros.

Agus: Eso sí que cuesta.

Tina: Claro. Nuestro orgullo prefiere tener razón. Nuestra inteligencia prefiere descubrirla.

Agus: Nunca había pensado que esas dos cosas pudieran ser distintas.

Tina: Muchas veces lo son.

Agus: Entonces, cuando alguien cambia de opinión porque encuentra mejores argumentos… ¿ha perdido?

Tina: Al contrario. Ha ganado algo muchísimo más valioso.

Agus: ¿El qué?

Tina: Un conocimiento mejor del mundo.

Agus: Ahora entiendo por qué cambiar de opinión no debería dar vergüenza.

Tina: Debería darla negarse a cambiar cuando las pruebas apuntan claramente en otra dirección.

Agus: Empiezo a sospechar que las personas más inteligentes no son las que siempre tienen razón.

Tina: Yo diría que son las que están más dispuestas a reconocer cuándo no la tienen.

Agus: Hay algo que todavía no termino de entender.

Tina: Dime.

Agus: Si todo esto es tan importante… ¿por qué discutimos tan mal?

Tina: Porque discutir bien exige un esfuerzo que nuestro cerebro intenta evitar.

Agus: ¿Qué esfuerzo?

Tina: El de reconocer que podemos estar equivocados.

Agus: Pero eso no debería ser tan difícil.

Tina: En teoría, no. En la práctica, cuando una idea forma parte de nuestra identidad, sentimos que cuestionarla es como cuestionarnos a nosotros mismos.

Agus: O sea, confundimos nuestras ideas con nuestra persona.

Tina: Exactamente. Y entonces dejamos de proteger la verdad para empezar a proteger nuestro orgullo.

Agus: Ahora entiendo por qué algunas discusiones terminan convirtiéndose en peleas.

Tina: Sí. En ese momento ya no importa quién tiene mejores razones. Sólo importa no dar el brazo a torcer.

Agus: Y eso nos impide aprender.

Tina: Exactamente.

Agus: Entonces, ¿qué deberíamos intentar conseguir cuando discutimos?

Tina: Un entendimiento mejor.

Agus: ¿Aunque ninguno convenza al otro?

Tina: Incluso aunque ninguno cambie de opinión en ese momento. A veces una buena conversación sigue trabajando dentro de nosotros durante días, semanas o incluso años.

Agus: ¿Tanto tiempo?

Tina: Claro. ¿Nunca has recordado de repente una conversación antigua y has pensado: «Ahora entiendo lo que quería decir»?

Agus: Sí… me ha pasado alguna vez.

Tina: Eso significa que el diálogo seguía vivo dentro de ti.

Agus: Entonces una discusión no termina necesariamente cuando dejamos de hablar.

Tina: Muchas de las mejores continúan en silencio.

Agus: Antes has dicho que el universo entero funciona gracias a reglas.

Tina: Así es.

Agus: ¿También las personas?

Tina: También.

Agus: Explícamelo.

Tina: Piensa en la gravedad. No podemos verla, pero gracias a ella los planetas siguen sus órbitas, los mares tienen mareas y nosotros mantenemos los pies sobre el suelo.

Agus: Sí.

Tina: Piensa ahora en la música. Una sinfonía parece libre y emocionante, pero está construida sobre reglas de ritmo, armonía y estructura.

Agus: Si cada músico tocara lo que quisiera…

Tina: …la orquesta sería un desastre.

Agus: Igual que el partido de fútbol.

Tina: Exactamente.

Agus: ¿Y el lenguaje?

Tina: También funciona gracias a reglas. Si cada uno utilizara las palabras con un significado distinto, nadie entendería a nadie.

Agus: Entonces las reglas no son una manía de los profesores.

Tina: No. Son la forma que tiene la realidad de organizarse para que las cosas funcionen.

Agus: Nunca había relacionado una conversación con el universo.

Tina: Pues comparten algo muy importante.

Agus: ¿Qué?

Tina: Que el orden no aparece por casualidad.

Agus: ¿Y el caos?

Tina: El caos aparece solo. Lo difícil es construir el orden.

Agus: Entonces mantener una buena conversación también es una forma de construir orden.

Tina: Exactamente. Cada vez que dos personas consiguen entenderse un poco mejor, el mundo se vuelve un lugar ligeramente más ordenado que unos minutos antes.

Agus: Nunca había pensado que hablar pudiera tener tanta importancia.

Tina: La tiene. Las guerras empiezan cuando el diálogo fracasa. Los acuerdos nacen cuando el diálogo funciona.

Agus: Entonces discutir bien no es sólo una cuestión de educación.

Tina: Es una cuestión de convivencia.

Agus: Y quizá también de supervivencia.

Tina: Yo diría que sí. Porque las sociedades no se sostienen únicamente sobre leyes o edificios. Se sostienen sobre millones de conversaciones que cada día terminan mejor de lo que empezaron.

Agus: Ahora entiendo por qué decías al principio que discutir no consiste en derrotar al otro.

Tina: Exactamente. Cuando conviertes una conversación en un combate, quizá ganes un adversario menos… pero también un amigo menos.

Agus: Y probablemente el problema siga sin resolverse.

Tina: Ésa es la trampa. Muchas personas salen de una discusión convencidas de haber vencido, cuando en realidad han perdido la confianza del otro.

Agus: Entonces una victoria puede ser un fracaso.

Tina: Ése es el gran engaño. Hay victorias que empobrecen y derrotas que enseñan.

Agus: ¿Derrotas que enseñan?

Tina: Claro. Si descubres que estabas equivocado, al principio duele un poco. Pero después sabes algo que antes ignorabas. Has perdido una discusión, pero has ganado conocimiento.

Agus: Nunca lo había visto de esa manera.

Tina: En cambio, si defiendes una idea falsa sólo para no reconocer tu error, quizá conserves tu orgullo… pero seguirás viviendo dentro de un error.

Agus: Entonces el orgullo puede convertirse en un enemigo del conocimiento.

Tina: Muchas veces lo es.

Agus: Empiezo a pensar que aprender exige bastante valentía.

Tina: Muchísima. Hace falta valor para decir: «Creo que me he equivocado.»

Agus: Y todavía más para decirlo delante de otras personas.

Tina: Sin duda. Pero, curiosamente, cuando alguien reconoce con sinceridad un error importante, suele despertar más respeto que quien intenta ocultarlo.

Agus: Porque demuestra honestidad.

Tina: Exactamente.

Agus: Hay una palabra que has repetido varias veces.

Tina: ¿Cuál?

Agus: «Entendernos.»

Tina: Es una palabra muy importante.

Agus: ¿Por qué?

Tina: Porque muchas veces creemos que el objetivo de hablar es convencer.

Agus: ¿Y no lo es?

Tina: No siempre. A veces el primer objetivo es mucho más sencillo: comprender qué está intentando decir la otra persona.

Agus: Parece fácil.

Tina: Lo parece. Pero escucha muchas discusiones en Internet y verás que mucha gente responde antes incluso de haber entendido la pregunta.

Agus: Es verdad. Da la impresión de que ya llevan preparada la respuesta.

Tina: Porque no están escuchando para comprender. Están escuchando para contestar.

Agus: Hay mucha diferencia.

Tina: Toda la diferencia del mundo.

Agus: Entonces escuchar también forma parte del razonamiento.

Tina: Sin escuchar no hay razonamiento compartido. Sólo hay dos monólogos cruzándose sin encontrarse nunca.

Agus: Como si dos personas hablaran idiomas distintos.

Tina: Exactamente.

Agus: Creo que ahora entiendo mejor lo que querías decir al principio.

Tina: ¿Qué entiendes?

Agus: Que las reglas no existen para limitar nuestra libertad.

Tina: ¿Y para qué existen?

Agus: Para que nuestra libertad pueda encontrarse con la de los demás sin destruirla.

Tina: Ésa es una definición preciosa.

Agus: ¿Sabes una cosa?

Tina: Dime.

Agus: Creo que al empezar esta conversación confundía la libertad con hacer lo que me daba la gana.

Tina: Nos pasa a muchos.

Agus: Ahora empiezo a verla de otra manera.

Tina: ¿Cómo?

Agus: Como la capacidad de construir algo valioso junto a otras personas.

Tina: Si has llegado a esa conclusión, nuestra conversación ha merecido la pena.

Agus: Creo que ya puedo responder a la pregunta con la que empezamos.

Tina: ¿Cuál?

Agus: Si las reglas limitan nuestra libertad.

Tina: ¿Y cuál es tu respuesta?

Agus: Que no. Lo que limitan es el caos.

Tina: Exactamente.

Agus: Sin reglas no desaparecen los problemas.

Tina: Al contrario. Empiezan otros mucho mayores.

Agus: Porque ya no vence quien tiene mejores razones.

Tina: Vence quien grita más fuerte, quien intimida más o quien tiene más poder.

Agus: Y eso ya no es dialogar.

Tina: No. Eso es imponer.

Agus: Entonces las reglas del diálogo protegen precisamente a quien piensa distinto.

Tina: Ésa es una de sus funciones más importantes. Si sólo pudiera hablar quien ya tiene razón o quien tiene más fuerza, nunca descubriríamos ideas nuevas.

Agus: Porque cualquiera puede estar equivocado.

Tina: Exactamente. Tú, yo… o una mayoría entera.

Agus: Así que escuchar al otro no es un acto de cortesía.

Tina: Es un acto de inteligencia.

Agus: Y aceptar una buena crítica tampoco es una humillación.

Tina: Es una oportunidad para pensar mejor.

Agus: Empiezo a sospechar que las discusiones más valiosas son aquellas en las que nadie intenta humillar a nadie.

Tina: Lo has resumido muy bien.

Agus: Entonces, cuando termine una conversación, quizá no debería preguntarme si he ganado.

Tina: ¿Qué pregunta harías en su lugar?

Agus: ¿He comprendido algo que antes no comprendía?

Tina: Ésa es una excelente pregunta.

Agus: ¿Y la otra persona?

Tina: También debería poder responderla.

Agus: Entonces una buena discusión deja a los dos un poco más cerca de la verdad.

Tina: O, al menos, un poco más lejos del error.

Para pensar

Tina: La próxima vez que discutas con alguien, prueba a hacerte estas preguntas.

¿Estoy intentando comprender o simplemente quiero responder?

¿Quiero descubrir la verdad… o demostrar que ya la tenía?

¿Estoy defendiendo mis ideas… o mi orgullo?

¿Aceptaría cambiar de opinión si encontrara razones mejores?

¿Estoy viendo a la otra persona como un enemigo… o como alguien que puede ayudarme a descubrir un error que todavía no había visto?

Agus: Nunca imaginé que discutir pudiera enseñarme tanto.

Tina: Ésa es la magia del diálogo. Cuando dos personas hablan con libertad, respetan las reglas y aceptan poner a prueba sus propias ideas, ninguno de los dos sale exactamente igual que entró.

Porque discutir no consiste en vencer a otra persona.

Consiste en vencer, juntos, a nuestros propios errores.

A. Barahona

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